Los tablones que lo son todo.

Despeja el escenario y da comienzo al espectáculo de Don Ganslmeier, corredor del Wall of Death.

Tipos duros, un taller en el patio trasero, cajas con objetos desaparecidos hace años, concursos de músculos, maniobras temerarias, una sensación… ¿Y un final feliz? El Motodrom, el Wall of Death ambulante más antiguo del mundo ofrece un espectáculo sin igual.

¿Te parece una locura? En realidad lo es.

¿Te parece una locura? En realidad lo es.

El estupor y el entusiasmo imperan en cualquier lugar en el que se ubique el Motodrom. Algunos espectadores pueden tener la sensación de encontrarse en un circo antiguo emplazado en una arcaica construcción de madera (solo que, en lugar de a algodón de azúcar y palomitas, huele a aceite y gasolina). . Los artistas se hacen llamar Motorellos, y siempre visten de manera sofisticada a la hora de demostrar sus habilidades de conducción: pantalones ajustados, botas brillantes y pulidas y camisas blancas impolutas. A pesar de esta idea, el pasajero parece el mismo diablo: por primera vez desde hace más de 50 años, cuatro pilotos se alinean en la zona más estrecha de este muro de madera de casi cien años para conducir al mismo tiempo. Y, por primera vez, sobre cuatro BMW R 25, de las cuales cada una tiene más de 60 años. Ni que decir tiene que un evento de tal calibre debe ser grabado para la posteridad. O, al menos, esta era la opinión del director Stéphane Gautronneau. Acompañó a los distintos grupos y fue testigo de su arriesgado proyecto durante 15 años, con Don Ganslmeier a la cabeza. 

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Un solo hombre, un solo lugar.

Un solo hombre, un solo lugar.

¿El Motodrom sin Don? Inconcebible. Vive para el Motodrom. Una vida llena de pasión en la cual la profesión de artista del Wall of Death se convierte en una auténtica vocación. Don es una persona admirable. Su vocación se puede apreciar desde el primer momento. Es esta pasión la que ha moldeado su carácter: sus ojos están atentos y despiertos, sus gestos son decididos y precisos y su cuerpo está cubierto de tatuajes. Cuando levanta la voz, todo lo que dice parecen declaraciones: sin contradicciones, así es como lo hacemos aquí (después de todo, alguien tiene que decir cómo hay que hacer las cosas). No obstante, a Don no le gusta mucho ser jefe. En el Motodrom, es animador, coordinador y, obviamente, piloto. Para que una vuelta y un espectáculo sean perfectos, tanto él como los Motorellos arriesgan la vida en cada show. Y todo para obtener la mayor de las recompensas: el aplauso del público.

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TORMENTA Y ESTRÉS

¿De dónde vienen esta pasión y este deseo por alcanzar la perfección? Con seis años, Don visitó una feria con su abuelo y vio el Wall of Death por primera vez. Lo tuvo claro de inmediato: esa era la clave. En su casa en el campo, siempre hay algún vehículo traqueteando y vibrando, ya sea un tractor o una Quickly antigua. Era cuestión de tiempo que Don le cogiera el gusto al mundo del motor. Cualquier cosa que tenga ruedas y acelerador es objeto de prueba. Viaja para conocer a Ken Fox, gurú del Wall of Death de Inglaterra, y se somete a un intenso entrenamiento en el que no para de aprender. Por razones de sencillez, añade "Strauss" a su apodo "Don" (en las carreras que corría de pequeño, siempre llevaba consigo un cómic del pato Donald). Las primeras caídas de Don Strauss en el muro fueron supervisadas por su tutor y ejemplo a seguir, Ken Fox, el cual siempre comentaba un simple y lapidario "Te lo dije, déjalo...". Levántate, cae, levántate, vuélvete a caer y cae mejor. Para Don, esta pasión va de la mano de un contundente rigor y la búsqueda de la perfección. 

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El pasado es historia. Pero la pasión por él perdura. Mira hacia delante de nuevo.

El pasado es historia. Pero la pasión por él perdura. Mira hacia delante de nuevo.

"Antes (sí, antes) había docenas de chicas esperando después de los espectáculos para tomar un café", cuenta Don con una sonrisa. Pero hoy, toda su atención se centra en las actuaciones que ofrece al público. Por no hablar de que mantiene una feliz relación con su novia, Jay, que apoya al grupo sin dudarlo. Comparte con él la pasión por los vehículos antiguos y el estilo de los días pasados. "Cuando esta pareja viaja junta, atraen bastantes miradas", informa el director, Stéphane. Sin embargo, Don siempre está buscando la próxima emoción, el siguiente reto y la posibilidad de vivir su pasión con mayor intensidad, de ahí que sea una encarnación perfecta del eslogan "Make Life A Ride".

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Siempre un paso por delante.

Para abordar la subida al Wall of Death en cuatro BMW R 25, primero necesitan una moto más. No es tarea fácil, especialmente si tenemos en cuenta que las tres BMW R 25 que ya existen están destinadas a causar sensación en su estado. Con mucha paciencia, BMW Motorrad cumplió el sueño de fabricar otra R 25 con aún más pasión y gracias a un hallazgo casual que apareció en una caja. Con la ayuda del experimentado restaurador Sebastian Gutsch, Don se sienta noche tras noche en el patio de su taller de Múnich para montar la cuarta R 25 a partir de las piezas que ha reunido. En este caso, tampoco deja su vida al azar, y menos con lo perfeccionista que es. Conoce cada pieza, tiene cada tornillo y cada tuerca que pasa por sus manos.

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"Stéphane solo es un loco perfeccionista, un tipo genial... Como yo".
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Don Ganslmeier

No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos.

A la hora de modificar el muro, el silencio concentrado del taller se acaba. La pista de este tanque de casi cien años debe rediseñarse para una cuarta moto. Vuelan chispas, astillas, risas y maldiciones. El sudor mientras se monta y desmonta el Motodrom es ya rutinario para los pilotos. No obstante, modificar este enorme tablero es un nuevo reto hasta para ellos. En medio de todo ello: Don, que no se pierde ni un detalle. Y pisándole los talones: Stéphane, el director. Solo existen dos normas para ellos: tomar buenas fotografías y no interponerse en el camino de nadie. Don trata con el experimentado videógrafo de manera muy profesional y pragmática: "Stéphane es un loco perfeccionista, un tipo genial... Como yo".

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En el ojo de la tormenta: el ojo.

Para el director, que no dudaría en descolgarse de un helicóptero o balancearse sobre un acantilado para capturar la toma perfecta, trabajar con los Motorellos resulta increíblemente intenso. Tratar con estos artistas de cerca en la carretera durante 15 meses, llueva o nieve, es muy diferente a sus fotografías de moda meticulosamente planeadas. Stéphane puede estar en todas partes a la vez. Cada toma debe ser perfecta, porque en la vida real no hay lugar para las escenificaciones. En el punto álgido del espectáculo, Stéphane está de pie sobre el suelo del Motodrom, con su cámara a punto, mientras las motos pasan por su lado a pocos centímetros en dirección al muro.

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Cuatro nunca son multitud

En los BMW Motorrad Days, por fin llega el momento: se revela el nuevo diseño de la pasarela y se escucha el zumbido hambriento de las cuatro BMW R 25. Botas brillantes y pulidas, pantalones ajustados y camisas blancas: los Motorellos están muy concentrados y se anticipan a todo. Tras unas cuantas vueltas, comienza su estreno mundial. Las cuatro R 25 aceleran a la vez y, por orden, dejan atrás la pasarela en dirección a la pared vertical. El traqueteo de los motores monocilíndricos apenas pueden escucharse entre los gritos de los espectadores. Los atronadores aplausos acompañan a los artistas hasta que, finalmente, las cuatro motos circulan en paralelo. Como si de un vórtice se tratara, la cámara de Stéphane retrata la atmósfera del centro del Motodrom. Y Jay, la novia de Don, se enjuga una lágrima de los ojos, como siempre. Es un espectáculo increíble.

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